
Faltan dos horas para el partido y en una casa cualquiera de Posadas alguien busca desesperado una camiseta vieja, descolorida, con un agujero en la manga. No es la más linda ni la más nueva, pero es la que tenía puesta el día del último ascenso, y desde entonces no se lava. Para su dueño, salir a la cancha sin ella sería casi una traición.
Las cábalas forman parte del fútbol sudamericano tanto como los cánticos o las banderas. Nadie cree del todo que una media del revés cambie un resultado, pero muy pocos se animan a comprobar qué pasa si no se cumple el ritual.
Por qué creemos en la suerte
La psicología tiene una explicación bastante clara. Ante situaciones que no podemos controlar, como el resultado de un partido, el cerebro busca patrones y nos ofrece una sensación de control a través de pequeños gestos repetidos. Si un domingo ganamos con la camiseta vieja, la asociamos con la victoria, y a partir de ahí repetirla se vuelve obligatorio.
Esa misma lógica aparece en cualquier actividad donde el azar tiene un papel importante, y la cábala no es exclusiva del fútbol argentino. En Venezuela, por ejemplo, no faltan los adultos que juegan en un casino en línea en Venezuela con su amuleto al lado del teclado o eligen siempre la misma mesa. Vale recordar lo obvio, ningún ritual cambia las probabilidades, así que lo mejor es tomarlo como un entretenimiento, con un monto fijado antes de empezar y sin intentar recuperar lo perdido.
En el fútbol pasa algo parecido. La cábala no hace ganar a nadie, pero tranquiliza, une al grupo de amigos que comparte el ritual y le suma emoción a la previa.
La ropa, la reina de las cábalas
Si hubiera un ranking, la ropa estaría primera. Camisetas que no se lavan durante toda una campaña, bufandas heredadas de un abuelo, gorros que solo salen del cajón para los clásicos. Hay hinchas que repiten la misma ropa interior mientras dure una racha positiva y otros que cambian de prenda en el entretiempo si el equipo va perdiendo.
El problema llega con las malas rachas. Una derrota puede condenar a una camiseta al olvido para siempre, y no son pocos los que guardan en el fondo del placar prendas declaradas «mufa» que nunca más volvieron a pisar una tribuna.
Los colores también tienen su peso. Hay hinchas que se niegan a vestir el color del clásico rival ni siquiera en una prenda que nadie ve, y otros que regalan a familiares y amigos cualquier objeto de ese color para no tenerlo en casa. En algunos grupos de amigos rige incluso una regla tácita, el que llega a la previa con algo del color prohibido paga la ronda.
El lugar, el camino y el momento
Muchas cábalas tienen que ver con el espacio. Ver el partido siempre desde el mismo escalón de la tribuna, sentarse en el mismo lugar del sillón o ir a la cancha por la misma ruta son rituales muy extendidos. Algunos hinchas llegan a no moverse de su posición si el equipo está ganando, aunque eso implique quedarse de pie durante todo el segundo tiempo.
También hay cábalas de tiempo. Entrar al estadio a la misma hora, comer lo mismo antes del partido o llamar al mismo amigo en la previa son costumbres que, una vez instaladas, cuesta mucho abandonar. En las familias futboleras, estas tradiciones pasan de padres a hijos casi sin que nadie las explique.
La radio es otra protagonista. Muchos hinchas que no pueden ir a la cancha escuchan siempre la misma transmisión, con el mismo relator, y si el equipo empieza perdiendo cambian de emisora o bajan el volumen hasta que llegue el gol. Saben que es absurdo, pero nadie quiere ser el culpable de una derrota por haber dejado la radio encendida.
Cuando las cábalas son de los protagonistas
Los hinchas no están solos. Jugadores y técnicos tienen sus propias supersticiones, a veces muy conocidas. En el fútbol argentino es famosa la larga lista de cábalas de Carlos Bilardo, y en casi todos los vestuarios hay futbolistas que entran a la cancha con el pie derecho, se persignan al pisar el césped o se atan los botines siempre en el mismo orden.
Los arqueros, quizás por la soledad de su puesto, suelen ser los más cabuleros. Tocar los dos palos antes de cada tiempo, dejar una toalla en un lugar exacto o hablarle al arco son gestos que se repiten en canchas de todo el continente, desde los estadios más grandes hasta los clubes de barrio.
El fútbol del interior y sus rituales
En los clubes del interior las cábalas tienen un sabor especial. Allí la tribuna es más chica, todos se conocen y los rituales se vuelven colectivos. El grupo que se junta siempre en el mismo bar antes del partido, la bandera que se cuelga en el mismo alambrado desde hace años o el bombo que no puede faltar forman parte de la identidad del club.
En Misiones esas costumbres se transmiten de temporada en temporada, y en Posadas no hay previa sin el mismo bar, la misma bandera y el mismo bombo de siempre. Para muchos hinchas, cumplir la cábala es una forma de sentirse parte del equipo, de aportar algo desde afuera aunque la pelota la muevan otros.
Una tradición que no se va a terminar
Las cábalas seguirán existiendo mientras el fútbol siga siendo imprevisible. Sabemos que no deciden nada, pero le ponen color a la espera, nos conectan con quienes compartimos tribuna y convierten cada partido en un pequeño ritual propio. Y cuando el equipo gana, nadie se anima a cambiar la fórmula, por si acaso.